
MARGINACIÓN, BUROCRACIAS Y PRIVATIZACIONES
Con ochenta años recién cumplidos, el realizador británico Ken Loach se mantiene al pie del cañón en sus análisis de las miserias e injusticias características del sistema económico llamado neoliberal que impera en nuestras sociedades formalmente democráticas.
En esta ocasión, y basándose como tantas otras veces en un magnífico guion de su estrecho colaborador Paul Laverty, Loach cuenta la historia de un carpintero viudo y ya mayor que ha sufrido un infarto, por lo que la médico que lo atiende le prohíbe volver al trabajo. Pero debe someterse a unas revisiones consistentes en responder a interminables formularios sobre detalles de salud que nada tienen que ver con su dolencia, además de solicitar la correspondiente prestación, mediante cuestionarios on line –él, que jamás ha visto de cerca un ordenador–, o de lo contrario pedir la jubilación, siempre por procedimientos de ese tipo que, entre otras cosas, le exigen recorrer infinidad de empresas en busca de un empleo no solo escaso, sino que nunca podría desempeñar.
Daniel Blake se ve envuelto así en una maraña burocrática, enfrentándose a rutinarios empleados de servicios sociales privatizados, que no sintonizan en absoluto con las expectativas ni los derechos de los solicitantes y que a la menor resistencia por parte de estos reclaman la presencia de miembros de cuerpos de seguridad igualmente externalizados, eufemismo para designar todos esos sistemas de atención al ciudadano cedidos por el Estado a empresas particulares para beneficio descarado de estas, que además suelen explotar al máximo a sus trabajadores, estimulando así su frialdad en el trato con quienes se ven obligados a recurrir a ellos por pura necesidad.
Como es habitual en sus creaciones, Loach y Laverty trazan un retrato desolador de las consecuencias de los criterios imperantes en nuestras sociedades que se dicen modernas, acumulando –es cierto– las carencias y dificultades de su protagonista, dado que no se trata de contar algo así como «veinticuatro horas en la vida de un trabajador temporalmente incapacitado», sino de sintetizar en solo cien minutos los obstáculos a los que puede verse enfrentado cualquiera en unas circunstancias parecidas.
En compensación, el guion ofrece rasgos de humor y numerosos detalles muy significativos: en los talleres abundan los empleados jóvenes, sin experiencia pero que tienen que conformarse con sueldos de miseria; si algún trabajador del servicio de empleo trata con cordialidad a quien se dirige a él en demanda de ayuda es reprobado por sus jefes porque «da mal ejemplo», la airada protesta pública de las víctimas del diabólico engranaje puede quedar convertida en mero espectáculo frívolo para quienes la contemplan, etcétera. Y, sobre todo, proporciona un contrapunto que da pleno sentido al conjunto. Se trata del encuentro de Daniel con una joven separada, madre de dos hijos pequeños, desahuciada del último piso que ocupaban para especular con él y que tendrá que recurrir avergonzada a un banco de alimentos, en una escena particularmente turbadora y bien rodada, o incluso ensayar la prostitución para poder sobrevivir.
El encuentro entre Daniel y Katie permite desarrollar el tema de la solidaridad entre marginados pero sin caer en el sentimentalismo, porque Loach mantiene sus costumbres de rodar con la cámara a la altura de los ojos de los personajes, distanciándose discretamente de ellos, y con muy pocos y leves movimientos de cámara, para no cargar las escenas de emociones añadidas y generalmente fraudulentas, sino enfrentarnos de cara con los hechos que narra. Y al mismo tiempo, hablando de ese tipo de solidaridad que nada tiene que ver con la caridad misericordiosa, sino dejando en todo momento de manifiesto que si es tan necesaria es precisamente por ser consecuencia de unas formas de injusticia que hay que combatir por todos los medios. Y por eso la narración se encamina hacia un desenlace seguramente forzado pero impuesto por la obligación moral de no dejar una salida tranquilizadora y gratificante a tan dura historia.
Yo, Daniel Blake se alinea así con los mejores títulos de su autor, enemigo declarado del capitalismo pero no dependiente de ninguna afiliación partidista concreta, y dispuesto a combatirlo en la medida de sus posibilidades como creador cinematográfico. Que no serán muchas seguramente, pero que se agradecen de verdad en el abigarrado panorama del mercantilizado cine actual.
FICHA TÉCNICA
Título original: «I, Daniel Blake». Dirección: Ken Loach. Guion: Paul Laverty. Fotografía: Robbie Ryan, en color. Montaje: Jonathan Morris. Música: George Fenton. Intérpretes: Dave Johns (Daniel Blake), Hayley Squires (Katie), Sharon Percy (Sheila), Briana Shann (Daisy), Dylan McKiernan (Dylan), Micky McGregor (Ivan), Colin Coombs (cartero), James Hepworth (tendero). Producción: Sixteen Films, Why Not Prod., Wild Bunch, Les Films du Fleuve (Reino Unido, Francia y Bélgica, 2016). Duración: 100 minutos.
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